El Granada sigue perdiendo vidas incapaz de aplicar sobre el terreno un plan de juego ni de vida definido

Se pueden y se deben extraer numerosas lecturas del empate ante Osasuna en Los Cármenes. Antes se debe poner la situación en contexto: el fútbol es dificilísimo. Es una cuestión de talento y de entrenamiento, pero también de miedo. Es un deporte practicado por humanos con estatus de dioses, pero humanos al fin y al cabo. Un miedo atroz que humedece y nubla raciocinios en los futbolistas y en el cuerpo técnico, en las indicaciones previas y durante el partido y en las de toda la semana. Cuando uno se juega la vida no tiene plan; pelea por sobrevivir. El Granada por momentos, para conseguirlo, rebajó sus pulsaciones al límite.

El inicio del partido fue como el juego del pañuelo pero entre dos atemorizados. Ambos avanzaron despacio hacia el trapo y fueron los visitantes, quizás con menos que perder por una mayor asunción de limitaciones pero también con mucha más ambición, los que comenzaron a corretear a los locales, concentrados en no cagarla. Pronto abajo en el marcador y pronto desquiciados, comenzó a quedar patente que el plan no jugaba sobre el césped.

El pase a tres metros se convirtió en un desafío improbable y el centro del campo brilló por su ausencia, con Samper aislado entre Andreas, de nuevo cobarde para asumir responsabilidad, y Uche, más proclive a ocupar zonas de segundo punta. Un disparate táctico por momentos entre piernas cargadas de toneladas para correr, conducir, desplazar el balón o incluso despejar. La única idea cierta, más allá del empuje corajudo final, fue la de Boga contra el mundo. Y sólo suele ser exitosa en recopilaciones para Youtube. Ni atisbo del convencimiento mostrado ante el Sevilla. La actitud construye equipos.

Tiene el Granada una plantilla bipolar entre jovencitos inexpertos abrumados por la situación, que ahora además se autoexpulsan, y veteranos más próximos a otros derroteros, ya sea en competiciones menores o en platós audiovisuales. Apenas Carcela, Kravets, Saunier u Ochoa hacen valer su experiencia con un fin positivo. No pocos nombres, ayer, se convirtieron en parodias de ellos mismos con fallos esperpénticos reflejo de la inseguridad propia y contagiada por el compañero. El estado de ánimo de un saque de banda de Tabanou.

Con la cabeza fría y los ojos inyectados en sangre sólo saltó, o así terminó, Sergi Samper. Demostró alma y compromiso con presiones desgarradoras y efectivas que cerca estuvieron de provocar algún gol. Fue el único que le faltó el respeto al partido y que se atrevió a jugarlo confiado en su talento. Siempre la pidió. La grada le premió por ello.

Ganar a Osasuna tenía premio en la clasificación y quizás en el mercado, para el que se han liberado plazas sin tener llegadas como ya se hizo en verano. Quedan días pero Piru no es Cordero y el mercado no frena las jornadas, que siguen pasando como páginas de un calendario con final concreto. Como la hoja de ruta del Granada, salvo revulsivos.

Foto: Elena Callejón