La historia de este descenso, por ahora virtual, se escribe con renglones que son lecciones

El partido a pleno sol contra el Valencia acabó siendo una especie de juicio final en el que unos y otros acabaron desenmascarados. Una afición que se sabe descendida aplaudió a rabiar a un jugador rival –al ‘granadino’ Siqueira- y mandó fuera de la ciudad a uno propio, Ponce, cuando este la mandó a callar. Es sintomático. Por el camino, y con los cómodos toques valencianistas como performance, fueron castigando a quienes entienden como culpables de la situación salvando a los honrados como Wakaso, Ochoa o Héctor, las pequeñas excepciones.

Se han hecho cosas mal. Muy mal. Sobre todo en lo deportivo, una faceta que para ser un club de fútbol parece alejada de la prioridad. Y se seguirán haciendo mal si no se aprende por más que Piru y Jémez ya no estén. Se recrimina al proyecto, o a la ausencia de él, la cantidad de jugadores cedidos y foráneos, sin lazos ni posibilidad de tenerlos hacia el escudo o la ciudad. No es tan distinto a lo que se hacía bajo la dirección de Quique Pina y Juan Carlos Cordero, con sonados ‘blufs’ como Torje o Mollo. Sin embargo ellos sí intentaron algo que ahora reivindican: un núcleo duro que tuviera a Granada como presente y futuro. Existía cuando llegó John Jiang. Decidieron, entre Media Base y Jémez, que no valía ninguno.

El descenso del equipo, por ahora sólo virtual, se escribe con renglones muy firmes de lecciones vitales. Los acompañan además imágenes muy concretas y semióticas. A los rojiblancos los han condenado en duelos directísimos jugadores con el corazón en un puño porque alguien un día les dijo que no había lugar para ellos en Granada. Respondieron con clase, calidad y goles. Pidiendo perdón. Contemplando cómo donde podrían estar ellos se arrastraban jugadores inferiores, algunos hasta suplentes de ellos mismos el curso anterior.

Los nuevos gestores llegaron hablando de una filosofía de club y de juego propia que quedan muy en entredicho. Hablaban de un combinado entre futbolistas en propiedad y préstamos; el más reseñable del primer grupo es Carcela, y por su salario y aspiraciones puede darse por asumida la marcha. Tony Adams, reemplazo en el fracaso de la dirección deportiva, ya ha apuntado a un proyecto de españoles y granadinos, no se sabe si por convicción real o como respuesta demagoga. El primero en llegar ha sido Caio Emerson.

La Segunda división es un campeonato apasionante por igualadísimo, entretenido por incierto y porque gracias al play-off muchísimos equipos mantienen la ilusión por el ascenso hasta las últimas jornadas. El Granada será un gallo porque mantendrá presupuesto de Primera y por su reciente ampliación de capital; su salud financiera es indudable. Pero sigue siendo preocupante: se trata de un campeonato que es una selva. Tres derrotas llevan de la gloria al infierno y viceversa. No hay partidos sino trincheras. Se hunde el más frágil en lo psicológico. El Granada viene arrastrando ese defecto demasiado tiempo, aunque se acabara salvando por su núcleo duro. Ese que ya no podrá tener de ninguna forma el próximo curso.