Cuando miro atrás y recuerdo momentos del Granada que me han quedado grabados, siempre se me repite la misma imagen. La de mi mismo extralimitándome en mis funciones de informador y acabando en el centro del campo de Los Cármenes abrazo con media plantilla rojiblanca. Era un 11 de junio y de él han pasado siete largos años. Aquel momento fue la consecución de un sueño que varias generaciones de aficionados al fútbol teníamos en esta ciudad. Ese no fue ni siquiera el partido del ascenso a Primera pero eliminar a aquel Celta con aquella tanda de penaltis, para mí, fue lo más valioso de aquella temporada 2010-2011. El gol de Ighalo en el Martínez Valero casi me parecía obligatorio después de haber vivido magia sobre un campo de fútbol días antes. Recuerdos que de tanto compararlos en deseos con esta campaña ha parecido un martirio en ocasiones.

Escribo estas líneas como quien escribe una carta de despedida. Porque de aquello ha pasado tanto tiempo que no puedo evitar tener la certeza de que todo se ha acabado. Quizá por contagio, desidia o engaño, diera la sensación de que la novela heroica y de grandes triunfos ya no se escribe en Los Cármenes. Ahora sus páginas se redactan en Huesca, Vallecas o Gijón. Pues Granada vive carente de sueños desde hace ya demasiado.

Por eso entiendo esto como una despedida. La del adiós a una etapa que no acabó con el descenso sino ahora que parece agotado el cartel de equipo de Primera. Quemar capítulos no significa que el siguiente vaya a ser peor pero sí permite conjugar el verbo poder. Puede que sea peor. Puede que sea mejor. Puede que sea exactamente igual (¿dónde hay que firmar?). Lo único cierto es que el sueño de la élite tendrá que esperar en un club que se asemeja demasiado al Titanic si salvamos el hecho de que encima en este caso se ha estrellado dos veces contra el mismo iceberg.

Tantas cosas se han hecho mal y en tan pocas se ha acertado en los últimos años que ni siquiera el recuerdo de Pina debe salvar la realidad. Porque este Granada ha sido como aquel adolescente que al acabar el curso es el más pequeño del aula y cuando regresa del verano crece tanto que ni la ropa le cabe. A un club como el nazarí la talla de la equipación le queda extravagantemente pequeña. Viste una ‘S’ que cada vez se encoge más haciendo más imposible ver el escudo. Y sin embargo el niño tiene más de ocho décadas y más de veinte temporadas en Primera.

Falta entidad que no tiene que ver con el dinero. Falta afición que no tiene que ver con llenar las gradas de gente que espera ver al Real Madrid. Falta paciencia que no tiene que ver con dejar de ir al estadio tras tres derrotas consecutivas. Falta creer en que el fútbol no funciona como un deporte más, aquí el sentimiento puede más veces que la pierna para meter el balón en la portería. Por faltar hasta falta un año para que esta etapa haya durado una década -en 2009 llegó Pina-.

Lo sucedido en esta campaña del ascenso directo obligatorio quizá no sea tan surrealista cuando se profundiza en las debilidades del Granada que no están solo sobre el césped. La fortuna es que en la jornada 1 de la próxima temporada todos partirán desde cero y que por más que se arrastre el equipo en los tres partidos que quedan no se restarán puntos a cuenta de la vergüenza ajena.

La humildad, el trabajo y la cabeza deben ser quienes gobiernen el futuro que debe abrirse a partir de ahora. Solo así se conseguirán objetivos o de lo contrario habrá que volver a presenciar aquellas batallas de orgullo de baratillo entre los que se dan golpes en el pecho por ser granadinistas y mucho granadinistas y aquellos presidentes capaces de vender hasta el papel del baño para comprarse una camisa de segunda mano mientras su equipo pelea al ‘patadón’ por llevarse tres puntos de estadios con más calvas en el césped que asientos en las gradas.

Volver a celebrar éxitos pasa por alimentar la coherencia y volver a crecer desde este réquiem de despedida. Pues Roma, como Granada, no se hizo en un día.

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