LaCONTRACRONICA

Lo que en su día pareció un matrimonio de sangre vuelve de Sevilla roto

La esperanza es lo último que un hombre pierde y tenerla, a veces, es lo que más lentamente lo mata. Ya el empate en Los Cármenes ante el Almería demostró incapacidad e impotencia pero resistía un atisbo de fé que casaba con lo simbólico: Caparrós volvía a Sevilla, su hogar, para hacer renacer a su actual equipo, el Granada. Y de paso, salvar el pellejo. Porque, aunque las carencias de su equipo son flagrantes, una victoria en territorio enemigo lo habría elevado a héroe.

Para conseguir la proeza, Caparrós dio su brazo a torcer por segunda semana consecutiva, esta vez ante un debate que no tenía color entre la afición: Javi Márquez, tras mucho ser reclamado, era de la partida. Lo hacía como acompañante de Youssef El-Arabi, asumiendo así la responsabilidad de conectar el centro del campo con el punta. En la derecha quedaba Piti y en la izquierda Sissoko –hoy sí, necesario- flanqueando a Iturra y Fran Rico. El regreso esperado de Nyom daba con los huesos del lateral en el banquillo: Foulquier volvía a ser el elegido.

Como resultaba previsible, el Sevilla salió arrinconando al Granada. Emery, un apasionado de la pizarra, planteó un esquema con tres “falsos” defensas, ya que entre Krychowiak y M’Bia se alternaban el rol de incrustrarse entre los centrales con balón a favor mientras Aleix Vidal y Diogo Figueiras adelantaban la posición. Con Denis Suárez en el banquillo, era Banega el encargado de mover los hilos en ataque canalizando el juego con Vitolo y Deulofeu en las bandas y Bacca como referencia. Emery sabía que el Granada atacaría poco y con poca gente, y que por tanto se podía permitir esa disposición.

Diogo fue el primero en probar a Roberto pero fue Vitolo, en un contragolpe sevillista y tras asistencia de Bacca, el que tendría la más clara. El intento de despeje de Murillo tras la parada de Roberto mutó en nuevo balón hacia portería que Juan Carlos salvó milagrosamente. El partido cogía una velocidad que Caparrós no quería. Para colmo de males, Márquez decía adiós al partido. En esos poco más de diez minutos, había sido el único granadinista con querencia por la pelota.

Por él entraba Eddy, que pasaba a formar pareja de Iturra desplazando a Rico hacia la izquierda. Resultaba vital, por su altura, que Eddy actuara en el centro, ayudando su zancada en las coberturas de uno y otro lado. Piti volvía a una posición más centrada, menos cansada y con mayor visión. Por su parte, El-Arabi alternaba movimientos meritorios aguantando la pelota y haciendo avanzar a su equipo con esas ensoñaciones de jugador de placeta que en ocasiones le hacen perder la concentración y la tensión competitiva. Nada nuevo.

Lo que sí resultó novedoso fue la fragilidad defensiva que dio origen al 1-0. Un balón colgado se permitió la licencia de votar en el área pequeña ante un Roberto blandito y una defensa que lo estaba esperando. Sin cometer falta, Krychowiak lo dejaba muerto y Bacca lo convertía en gol. El sevillismo lo vio fácil y por momento así era, pero antes del descanso Fran Rico y Piti repetían la falta ensayada de la permanencia en Valladolid y M’Bia cortaba el centro con la mano. El-Arabi lo transformaba, jugando con los corazones rojiblancos al elegir el lado sobre el que Beto se había precipitado con un segundo de antelación.

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Pese a temerse lo peor, Caparrós llegaba a la segunda parte con el partido como lo quería: empatado y con el Sánchez Pizjuán nervioso, crispado con los suyos. El Sevilla salió a morder y el partido se transformó en una batalla. Justo lo que Caparrós pretendía: un escenario perfecto en el que de su equipo no se espera nada salvo lucha. Solo un chispazo de Piti o El-Arabi podía crear una ocasión.

Ante lo incierto, Emery apostó por Reyes, una apuesta segura pues pesa más su inprevisibilidad propia que la del partido. Con apenas tres minutos sobre el campo, una jugada suya dentro del área dio con un remate de Banega al larguero y un rechace que volvía al área para que, incapacidad para el despeje mediante, el argentino que hasta entonces había pasado de puntillas por el Pizjuán la empujara hacia la red con clase. Jhon Córdoba tuvo el empate en sus botas tras un error de Carriço y ya no hubo más Granada.

Iturra perdía un balón incomprensible en banda y el centro de Reyes se transformaba en el 3-1 de Bacca. El Granada se desangró definitivamente, con un mínimo margen de maniobra para girar el cuello y ver cómo la sangre se seguía derramando por el césped. La tensión competitiva descendió en picado y en dos centros, M’Bia y Gameiro cerraban la manita manteniendo la diferencia habitual en el marcador en las tres últimas visitas al Pizjuán. Caparrós falló en el señalado día de su resurrección. Las próximas horas alumbrarán si tendrá otra oportunidad.