Lass Da la mano en el suelo

A sus 22 años, el extremo puede hacer gala de haber vivido mucho tanto en el fútbol como en la vida

Los que conocen a Alhassane Bangoura (Guinea Conakry, 1992) coinciden en que es un tipo especial. Quizás lo sea debido a que en ningún momento de los casi cinco años que lleva en España ha olvidado de donde viene. Su corazón alberga un rincón inamovible para África, y se niega a abandonar la forma de vida con la que se educó y aprendió a hacer lo que más le llena: jugar a fútbol.

Nacido en una familia numerosa, pobre, humilde y trabajadora, como no podía ser de otra manera, la infancia de Lass no se entiende sin esos calamares que su madre, repartidora de pescado, le proporcionaba, según cuenta en una maravillosa entrevista a Elgoldemadriz. De baja estatura, sus padres no le permitían jugar a fútbol en la calle con chicos más grandes debido a las patadas que recibía. Parte de su frustración se esfumó cuando escuchó a su ídolo Ronaldinho reconocer en una entrevista que de pequeño practicaba en solitario en la playa para fortalecer sus piernas. Allí acudió Lass a toda prisa, encontrando en la arena de Conakry la respuesta tanto a sus sueños como a sus pesadillas. Tanta fue su ilusión que ni su padre ni su madre se permitieron dejarlo solo, previniendo que en una de esas echase a volar.

Con dieciséis años, Lass se enfundaba su primera camiseta profesional: la del Etoile de Guinea, un club de su ciudad natal. Aquella temporada sería convocado por la selección guineana sub 17 para un torneo en Argelia donde llamó la atención del agente Eugenio Botas, que lo llevó directamente al Rayo Vallecano a cambio de doce mil euros divididos en tres pagos. Según El Confidencial, solo llegó el primero de ellos. Era el año 2009, y Lass apenas había disputado una temporada como futbolista en Guinea, quedando al margen los clásicos 5 vs. 5 callejeros. Todos cayeron rendidos ante esa exhibición de velocidad, técnica y sobre todo, descaro. “Es un poco bruto, pero le gusta escuchar a todos”, reseña Juan Pedro Navarro, director del fútbol base del Rayo.

Uno de los encargados de que Lass entrase en el Rayo fue José Ramón Sandoval, que lo comparó con Samuel Eto’o. En la 2010/11, Sandoval se hizo cargo del primer equipo y no dudó a la hora de acordarse de aquel chaval que la estaba rompiendo en el juvenil con veintisiete goles en veintidós partidos, sin tan siquiera pisar el vestuario del Rayo B. Era el último tramo de la temporada y el Rayo se jugaba el ascenso a Primera División. Lass, que ya había sido sondeado por el Sevilla e incluso por el propio Real Madrid, respondió con sesenta minutos de calidad repartidos en cuatro partidos. Se ganó la renovación hasta 2015.

Con el ascenso definitivo y su nuevo contrato, el africano logró asomar la cabeza de una situación más que precaria, con 800 euros al mes que no siempre llegaban. De residente en unas viviendas ofrecidas por el club –donde llegó a pasar una semana entera alimentándose en exclusiva de leche y galletas hasta que el cuerpo técnico evidenció las consecuencias- pasó a vivir con su primo. Aprendió cocinar y a planchar, entre otras tareas domésticas. En definitiva, se hizo mayor. Y llegó a disputar la Copa de África 2012 con apenas 17 años.

En su debut en la máxima categoría, el extremo despertó la atención de varios clubes importantes. Incluido el Manchester United, que envió al hermano de Sir Alex Ferguson a Vallecas en más de un partido. Aquel año, Lass cumplió una de las grandes promesas de su vida, la que realizó a su padre. Jugar como futbolista profesional en el Santiago Bernabéu. La pena fue que a diferencia de su madre y el resto de habitantes de su ciudad, él no pudo vivir para verlo.

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Con la llegada de Paco Jémez, Lass es protagonista en ese octavo puesto histórico para el Rayo Vallecano y ve cómo su juego no deja de crecer con 32 encuentros a sus espaldas. Fue en el segundo año del actual técnico franjirrojo cuando las chispas comenzaron a saltar. Jémez comenzó a exigir a Lass un orden táctico que el guineano, a pesar de su entrega, no podía satisfacer. Se sucedieron las sustituciones en primeras partes y los silencios incómodos del jugador al mencionarse el nombre del entrenador. En invierno, la llegada de Rochina y el despertar de Falqué lo relegaron al ostrascismo. Lass se resignaba: “Yo necesito que me dejen jugar mi fútbol, que me digan cosas pero no continuamente, necesito jugar un poco como yo quiero”. Lo llevaba en las venas.

En el verano de 2014, parecía que los fichajes de Licá y Aquino lo dejaban sin sitio, pero el club no aceptó ninguna oferta a pesar del interés de Newcastle y Fiorentina entre otros. Las diferencias con Paco Jémez continuaron, apuntando el técnico hacia su entorno como personas que quieren aprovecharse de él. “No está bien aconsejado”. No obstante, nunca dejó de expresar su cariño por el jugador.

Este año Lass volvió a sufrir la pérdida de uno de sus cinco hermanos. De 19 años, murió por una crisis cardíaca mientras viajaba en el autobús de su equipo, el AS Kaloum de Guinea. Le tocó vivir otro episodio desagradable, como el abandono de la concentración de su selección por miedo al ébola. Circunstancias que han forjado un temperamento fuerte que sin embargo no varía sus prioridades: “Yo juego al fútbol para que mi familia sea feliz, para que tengan comida, por eso estoy aquí. Lucho cada día para que no les falte de nada”. La imposibilidad de traer más miembros de su familia a España le frustra pero no le frena. El corazón puesto en África con cada uno de sus regates. Lass llega a Granada en busca de relanzar su carrera, y de cambiar el presente y el futuro de los suyos.