Lo admito. Yo también quise dejar el café. Su gusto amargo, su poco compromiso para con mi dieta o la solubilidad de este en la sugerente marmita veraniega del cambio…Cualesquiera que fuesen los motivos, quería comenzar esta nueva etapa lejos del café y, sobre todo, no echarlo de menos. Sabía que sería complicado asumir ciertos retos sin la ayuda que presta una buena taza de café por la mañana, sin ese empujón que puede darte en un sorbo o solamente con la procesión de su aroma por la casa. Además, contaba con un café de calidad contrastada -algunos dirían que incluso algo superior a lo que mi bolsillo debería permitirme-. Pero no acababa de convencerme. Apenas había dejado dos buenas mañanas en un pésimo final de año. Quizá fuera ese desánimo que acumulaba el que me llevó a tomar la decisión con rotundidad: no quería ese producto cerca de mi despensa.

Apenas pasaron unas semanas y ya echaba en falta su facilidad para despertarme. Había intentado sustituirlo por un producto nacional que fue merecedor del premio al mejor producto andaluz gracias a sus resultados en el norte de España. Y aunque lo consumí y defendí mientras esperé a que se aclimatara a mis hábitos de desayuno, lo cierto es que acabé preguntándome si no podía olvidar la decisión y regresar al café, a riesgo de quedar en evidencia. No insistí en la curiosidad que despertaba el debate porque los buenos resultados se daban en mi vida aún sin la cafeína, aunque con cierta intermitencia que me llevaron a poner el bote de café en el primer estante de mi cocina nuevamente. Volví a consumirlo sin hacer grandes celebraciones, a pesar de que tenerlo era un placer y un importante valor añadido en mis días. Aún así no valoré lo suficiente la bebida hasta que un día, ese café sudamericano de gran calidad, dejó de reponerse en los comercios de mi zona. Debía esperar, en uno de los momentos más trascendentales de mi carrera, para volver a ser ayudado por la cafeína. Probé de nuevo el producto de la tierra e incluso tanteé una bebida espirituosa -demasiado- del este de Europa y ninguna me dio resultados. Empecé a valorar ese café colombiano y hasta me las vi y me las deseé alguna que otra mañana para no quedar dormido en plena tarea. Me faltaba el café y perdí la referencia a la hora de hacer esas tareas definitorias a las que todos nos enfrentamos día a día. Y así me volví depresivo, previsible en el trabajo, lento, perdí en concentración y en calidad en el momento que debía definir mi año. Un día, antes de emprender un viaje a Sevilla, saltó en mi reproductor una canción que cumplía prácticamente la treintena. A su letra encontré significado con rapidez inusual por el momento que atravesaba y el ascenso laboral que me estaba jugando con más pena que gloria. Mi objetivo no era otro que satisfacer a mis superiores -algo más de 10.000- y sentarme en un despacho mucho más grande y más bonito el siguiente curso, aún con la responsabilidad y dificultad que ello conllevaría.

“Ojalá el otoño, en vez de hojas secas, pintan mi cosecha de petit-salé“. Tenía muy claro que el objetivo se estaba alejando y mi mal estado de ánimo tenía que ver con la falta del café, así que me aferré al estribillo de la canción y deseé que cayera del cielo y regara los campos. O que, si no, al menos estuviera de nuevo disponible para acometer esa reunión en Sevilla. Ahora, mientras escribo esto, voy de camino a la capital hispalense, con el sueño en un puño, pero la corazonada de que puedo lograrlo. No sé si será lo bien acompañado que voy, que ya haya demostrado saber salir de momentos peores. O quizá sea que regresó el café y tengo fe en que me ayude en esta final, aunque sea solamente con un sorbo.

 

PD: Cualquier parecido con cierto delantero espigado del Granada CF es puro deseo, suyo y mío, de verlo de nuevo sobre el campo liderando el ataque del equipo y anotando los goles necesarios para lograr el objetivo. Llámelo corazonada…