Vaya por delante mi sincero ánimo a todos aquellos malaguistas que sufrieron ayer el descenso del equipo de sus amores. Ojalá Granada y Málaga se reencuentren pronto en los terrenos de juego. Bueno, no tanto. Si es dentro de dos años y en la élite del fútbol nacional, mejor.

Ayer me inundó una sensación de pena al pasear por las redes sociales y ver las disputas entre diversos sectores del malaguismo. Disputas que no son ajenas a lo que ocurrió el pasado año a los pies de la Alhambra entre hermanos de toda la vida. De toda la vida, o de un lustro. Y, de nuevo, me topé de bruces con la realidad más lastimosa del fútbol de hoy día. Pocos son los equipos que tienen una afición 100% verdadera, entregada y apegada a unos colores y unos sentimientos. La vida en Primera División distorsiona, en ocasiones con más crueldad que en otras, la visión de un club con respecto a su grada y, sobre todo, una grada para con su club. Aquí, los que conocimos al Granada «post-Murcia» sabemos bien a qué atenernos. El fútbol profesional es un dulce repentino y fugaz. Un barco al que subirse y sobre el que disfrutar sin darnos cuenta de que, a cada año que pasa el buque entre los mejores, mayores y más voraces son las termitas que lo habitan. Ayer, tras el Levante-Málaga, volví a darme cuenta de ello. No quiero comenzar mi crítica, que llega a raíz de un curioso dato que nos dejan estas dos últimas temporadas, sin reconocer como legítimo el ser de un equipo lejano a tu tierra. Que el fútbol es pasión y esta, como en todo buen amor, surge donde menos se lo espera uno. Es maravilloso ser de España y animar a cualquier club extranjero. Es más, me emociona ver como amigos míos viven los éxitos de clubes americanos a pesar de los obstáculos horarios que existen. Mucho menor es la rareza si el que nace en Granada se hace del Madrid o el Barcelona. Los dos grandes colosos y joyas de nuestro fútbol. Negarlo sería de necios. Pero sólo si hablamos de fútbol como deporte desarraigado del sentimiento, porque Barça y Real Madrid sólo sufren si el título no llega a sus vitrinas. E incluso, en ocasiones, de nada vale ganar dos entorchados si se escapan el tercero o el cuarto. Problemas de la primera clase. Y es que es lícito sufrir por uno de estos dos equipos y lógico cuando son muchas más las alegrías que las penas que dan. Algunos, los más locos, encuentran en el fútbol humilde ese punto de amor irracional que llevó al primero a gritar «Vamos mi Granada» o bailar, seguramente en contra del marcador y las sensaciones, su bufanda al aire.

El problema, y espero se me entienda, aparece cuando tu club, el de toda la vida, está en peligro deportivo y/o institucional y te encuentras sólo en medio de 24.000 personas. No cabe un alfiler en la grada, sin embargo, no recuerdas haber tenido ese sentimiento de soledad y pena cuando un millar de personas iban a ver los partidos en Tercera o Segunda B. En la amplia mayoría de los casos, aquellos abonados de últimas no llegarán a compartir tu pena. Todos están en su derecho de abonarse cuando las cosas marchan bien y beneficiarse de las visitas de equipos como el Real Madrid, el Barcelona o el Atlético. Sin embargo, cuando vengan las duras, soplarán los vientos del interés y el número de aficionados quedará mermado, aunque serán más reales, desinteresados y fieles. Los que nunca estuvieron a tu lado en la plata y el bronce de este deporte, volverán a irse lejos. Los que siempre estuvieron se reencontrarán entre ese océano de aficionados de según qué temporada. Esto, siento repetirme, es lógico que ocurra y no sé con certeza hasta que punto es realmente criticable. Más aún cuando vivimos en la era de las tecnologías y las redes sociales, donde una foto en el Nuevo Los Cármenes o La Rosaleda ya es signo inequívoco de amor eterno a unos colores, aunque hayas renegado de los mismos cuando el fútbol no premió a tus ahora ídolos.

El fútbol universal, el de las grandes marcas, el marketing y la economía por encima de valores como la lealtad, la tradición o la pasión. Ese que provoca, y ahora sí voy a entrar en mera opinión personal, la vergüenza ajena de ver como los goles de Messis y Cristianos se cantan en tu estadio como si el visitante fueras tú. Gente que acude 17 domingos al campo con la bufanda del Granada o el Málaga, pero uno al año cambia de piel y celebra los tantos del rival de turno a pesar de poner en serio peligro la situación deportiva de «su equipo». La importancia, al final del trayecto, se lo dan los que regresarán la temporada siguiente a su templo, no aquellos que lo único que lamentarán será la ausencia de Madrid y Barça y volverán a esconder la camiseta rojiblanca horizontal en el fondo del cajón más inhóspito de su armario. Esto ocurrió el pasado año en Los Cármenes y lo ha hecho, en mayor o menor medida, en La Rosaleda este curso. El fútbol de hoy día. Estoy seguro de que, esta misma mañana, el malaguista de pro habrá hecho un ejercicio de puro malaguismo y habrá luchado por encontrar esa esperanza al final de una campaña desoladora. Que estará fantaseando con los cambios que se darán en su plantilla y persistirá cuando la plata bañe un escudo que para él siempre será de oro. Tan seguro estoy de ello como de que habrá otros renegando de ese escudo y los colores -que no de la institución o la plantilla, que de eso todos los achaques son pocos en según qué etapas-, pues ya no son dignos de su paladar futbolístico, como si en el deporte no existiera el más mínimo componente sentimental.

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A mí, sinceramente, me causa pena. Temor no, pues conozco otros muchos locos que acompañarían de vuelta a sus equipos al albero -hoy, caucho- de las divisiones semiprofesionales. El fútbol seguirá funcionando cuando levante a gente de sus asientos, no sólo por la exquisitez técnica de la jugada sino por lo que significa para ti y los tuyos que a ese club le sonría por fin la suerte un minuto, un partido, un día o una temporada…

Todo esto viene a raíz de un dato que me pareció curioso. Recuerdo que hace dos campañas, el Granada estaba salvado gracias a un final de temporada milagroso. El Barcelona se jugó la liga en Los Cármenes y la ganó, celebrando el título en el estadio nazarí. Al año siguiente, con peor fortuna en el verde, los rojiblancos consumaron su descenso a la Segunda División. Ese año, como había ocurrido todos los anteriores, culés y merengues encontraron en Los Cármenes un segundo estadio donde celebrar sus partidos como un falso visitante. La grada se pobló de banderas azulgranas y de pancartas en favor de los blancos. Y mientras el Granada perdía la categoría, en Málaga una gran parte de abonados borraba las rayas celestes a su camiseta y celebraban la consecución de la Liga de Zidane. Advine usted qué equipo descendió esta temporada, bailado en casa por Barça y Madrid entre olés de los que una vez creyó sus aficionados. Por supuesto que no es motivo de descenso celebrar un título ajeno en tu casa, pero no deja de ser curioso que, tras sacar a hombros a los contrarios por ganar la liga, pierdas tu plaza en la misma al siguiente año.

En fin, acabo como empecé. Ánimo a los amigos malaguistas, aquellos que sin duda han demostrado ser una afición de primera. ¡Regresaréis pronto!