Después de un largo tiempo, el granadinista volvió a acostarse con una magnífica sensación de orgullo por la actuación de su equipo, que derramó un atisbo de ilusión sobre el tapete verde del Nuevo Los Cármenes. Un bonito sentimiento que era divisado por el filipino, desde la lejanía, en caras ajenas ataviadas con otros colores en sus camisetas y bufandas. Esta ilusión no se veía impregnada en los perfiles de los rojiblancos más sufridores desde hace muchísimo tiempo aunque lo pudiese parecer.

Es cierto que el Granada de la temporada anterior llegó a brindar tardes y noches soñadas aunque apenas pudieron ser digeridas, como reza el siguiente lema plasmado en el pasillo de bienvenida del Nuevo Los Cármenes: “La gloria es efímera. Esa gloria de la que hablamos duró muy poco en noches como la de Halloween frente al Lorca o el empate a cero en El Sadar donde los rojiblancos fueron líderes durante una jornada. Nunca se valoró un triunfo, en estos dos últimos años de tragicomedia, como se hizo el pasado domingo. Simplemente porque el Granada de Oltra vivía ahogado bajo sus propias exigencias y expectativas, inmerso en un contexto egoísta que llegó a desmerecer el tremendo privilegio de ocupar una plaza de playoff. Una imprudente actuación que nos llevó a todos a echar de menos el verdadero significado de una victoria.

Ese clima enrarecido y decepcionante que emergía sobre las mentes granadinistas se desalojó por unos momentos de las cabezas rojiblancas tras gozar de una fantástica noche de verano donde todo salió a la perfección frente a un adversario de la magnitud histórica de Osasuna. La filosofía de saborear cada punto arañado en esta durísima categoría se ha instalado en los más de 8000 corazones que decidieron seguir afiliados a la pasión que viene impresa en su ADN. Millones de trazas de ácido desoxirribonucleico coloreadas con las señas de identidad del Granada Club de Fútbol.

El vínculo entre afición y equipo ha sido, es y será el principal fuerte del club nazarí para superar las adversidades. Esa comunión, que fue evidenciada en los momentos más duros del choque contra el Lugo, fue la principal protagonista del triunfo frente a los navarros junto al impecable trabajo táctico aplicado por Diego Martínez y todo su cuerpo técnico al completo. La ansiada atmósfera generada en el templo granadino tras el penalti anotado por Vadillo dejó un bonito dilema del que pude ser testigo. Los domingos de fútbol siempre dejan historias para el recuerdo por muy sencillas que parezcan. Esta es muy breve aunque merece ser contada como es debido:

Un pequeño abonado con el rostro impregnado de inocencia, que no llegaría a tener los 10 años de edad, estaba totalmente ilusionado con la idea de lucir su nueva camiseta horizontal con el 9 de Álex Pozo hasta que el gol y los continuos destellos de Álvaro Vadillo le hicieron entrar en un dulce debate sobre la posibilidad de estampar el 7 del gaditano en su espaldita solicitando la ayuda urgente de su padre. Una pequeña anécdota con una moraleja muy granadinista. Gracias a partidos como el que se celebró el domingo, los chavales vuelven a ver como sus ídolos son los que portan el escudo del equipo de su ciudad y juegan a pocos kilómetros de sus casas mientras los animan desde su asiento con olor a césped natural. Una pasión que se transmite de generación en generación. De abuelos a nietos y de padres a hijos.

Una victoria con mayor significado que los tres puntos, noventa minutos que vuelven a cargar el tanque de ilusión y esperanza. Una dosis de energía para afrontar la verdadera corazonada, la que mantiene viva la llama de la eterna lucha. Un mandamiento nazarí que vuelve a la carga el próximo domingo en Almendralejo.

Foto: Granada Club de Fútbol