Ese día sentí que algo estaba cambiando. Aún no era invierno en Málaga pero lo parecía y, por primera vez en años, no noté el frío. La capital de la Costa del Sol parecía teñirse de rojiblanco y la frialdad del mar calando los huesos no pudo con la emoción de miles de personas que sintieron el calor que solo provocan los grandes recuerdos. No fue un gol bello, es más, sin fortuna no habría acabado dentro de la portería, pero aquel disparo de Montoro en La Rosaleda lo engatilló toda Granada sabiendo que algo estaba cambiando.

No era más que una sensación, pero de las que se te clavan en el recuerdo. De las que pasas tiempo revisitando con cierto temor a que todo hubiese sido en realidad una ensoñación. Pero fue real. Era real. Como cada fin de semana en que la historia tenía final feliz. La suerte de Málaga fue la cosecha de meses sembrando. Y el convencimiento de que algo estaba cambiando.

Pasaban los días y no había nada ni nadie que nos bajara de la nube. Si las piernas fallaban, podía el corazón. Si el balón no entraba en la meta rival, al menos no hacía lo propio en la nuestra. Sobre el césped había un equipo con hambre que se alimentó de casi todos los rivales que salieron a su encuentro. Como quien lleva años sin saborear un buen manjar. Conscientes de que algo estaba cambiando.

Si bien el cóctel rara vez dejó de ser exquisito, este Granada siempre se sentó a la mesa pidiendo permiso. Admitiendo que quizá no era su lugar, pero que se quedaría ahí hasta que alguien osara echarle. Aunque ese momento jamás ocurrió. Sobre todo cuando los fantasmas de un descenso quedaron rápidamente espantados y solo quedaba disfrutar junto a los que tienen permitido soñar. Conscientes, una vez más, de que algo estaba cambiando.

▷ Leer  Carlos Neva: "En nuestra mente solo está ganar al Atlético"

Así, tan natural como meritorio, el relato del cuento finalmente cambió. Después de años visitando restaurantes de comida rápida, el Granada pudo degustar con calma un plato guisado a fuego lento. En bandeja de plata paisa, de origen colombiano, uno de los comensales se transformó en otro con similar color de piel que había sido el último en disfrutar de buenas cenas en Granada. Era Albacete. Era mayo. Quedaban algunas veladas más, pero aquel día la historia finalmente había cambiado.

Ese día volví a sentir que algo estaba cambiando. En la grada de un lugar de la Mancha, cientos de personas celebraban un triunfo que alguien parecía haberles privado. Luego llegarían algunas risas malévolas con acento gaditano que no prohibieron disfrutar del postre: una ensaimada mallorquina para endulzar la velada.

Qué noche de diez meses tan bella. Qué bonito fue salir de casa para ir al estadio y animar al Granada. Un equipo que hoy ya no pide permiso para levantarse de la mesa y se marcha recordando su máxima: «Como no sabíamos que era imposible, lo hicimos». Bienvenidos a Primera División.