Era un ritual. Decir lo contrario a estas alturas sería engañarme. Cada día encendía mi ordenador esperando que la pantalla me regalase una espectacular irrealidad. Lo necesitaba, porque todos hinchaban el pecho hablando de que Figo era mejor que Rivaldo o de que Rivaldo podría ganar la liga él solo. A mí solo me motivaba encontrarme con Tabuenka superando a Sanchís o con Pascual siendo el verdadero calvo de Europa.

Aquella pantalla me daba lo que soñaba, porque otra me lo quitaba. Cada fin de semana miraba el teletexto con la ilusión del que cree que por hacerlo cambiaría lo que ahí ponía, pero no. Ese número que parpadeaba en el minuto a minuto no era el del Granada, era el del Díter Zafra. Sé que los puristas no podrán entender esta mezcla de clubes y fechas, y les pido disculpas, pero los recuerdos poco entienden de lógica, solo de agarrarse al pecho y hacerlo vibrar.

He ganado ligas, he jugado Champions y he sido campeón de todo de forma obscena, casi como si el resto del planeta no tuviese derecho a amar el fútbol y a soñar con lo mismo. Lo he logrado casi todo con el Granada, pero siempre en sueños. Siempre gracias a aquel ordenador, a aquella consola, que me transportaba a Narnia. Dentro del armario de las ilusiones, el Granada lo era todo, porque en la ventana de la realidad todo era mucho más oscuro.

Cuanto más hundido parecía el club, cuanto más cerca de desaparecer, más fácil era imaginar un futuro en Primera. «Si algún día suben a Segunda, a mí me da un infarto», repetía como un loro. Claro, pese a haberlo ganado todo, yo quería compartir mis triunfos con el mundo real, pero eso nunca pasaba. Hasta que, de pronto, sin saber casi cómo, los años han ido convirtiendo lo palpable en aquella pantalla.

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El Granada, el Granada que solo daba disgustos y cuyos goles en 2ªB ya parecían el mayor logro, empezó a cambiar hace una década. Creí que por hacerme mayor había dejado de soñar en aquel monitor de mi ordenador. Hoy sé que no ha sido así. Que el niño que sigo teniendo dentro ha dejado de soñar en su cabeza para mirar por mis ojos lo que nunca pensamos que el mundo podría compartir con nosotros: que el Granada sea líder de Primera.

Aquel ritual hoy se ha convertido en un bonito recuerdo. Los Cármenes ya no gana en el mundo de las ideas, en ese pequeña caverna de Platón en que muchos convertimos nuestros pensamientos rojiblancos. El Granada gana en el mundo de lo tangible, aunque una victoria no se pueda tocar, no hay nada más real que gritar y abrazarnos emocionados con que todo esto está sucediendo. Y aunque ya gané todo lo soñado, hoy siento que, de verdad, puedo empezar a disfrutarlo.