Estaba escrito. Debía ser ella. Y aunque el filtro de los años pueda llevarme a duda, sé que no albergaba alguna en aquel deseo que comandaba ya por 2014 mi pecho. Sólo la firmeza del fin de agosto evitó que mi coqueteo con ella fuese un idilio de verano. Y mira hoy. Hasta cuatro años más caminé de su mano sin saber que no sería la única, pero conociendo bien que era la idónea para ser mi primera. Contradictorio, ¿verdad? Y es que fíjate que no hay nada más único que lo primero, aunque luego vengan muchos otros. Y así, el primer viaje, el primer beso, la primera cerveza. La primera crónica.

Primera y única. Así la sentí, con una continua sensación de estreno, de olor a coche nuevo, de retos que yo no sabía que estaban ahí pero que ella me gritó que ya estaban en mí cuando llegó. En definitiva, un renglón del que soñaba el final pero que sólo ella me llevó a empezar. Casi con los nervios de una primera cita me senté en la mesa imaginando cómo debía ser mi conversación contigo, puliendo escrupulosas fórmulas a las quitaba con recelo el envoltorio.

Durante muchos años, plantarme frente a ti fue una interrumpible Noche de Reyes. Aún recuerdo aquel final de verano nítido y claro. Si yo sólo quería probar, ¿por qué esos nervios? Jugaría Dimitrievski, aventuraba en una previa con sabor a examen, aunque en realidad sólo fuese la primera de nuestras citas. Te aseguro que tecleaba dos palabras y borraba tres, como el que no se atreve a destapar sus manías ante esa persona especial, arramblando también con las posibles virtudes que uno nunca ve en un espejo pero tan expuestas quedan cuando entre línea y línea se habla el idioma de la confianza.

Y es que la primera vez siempre creemos que puede salir mejor, cuando en realidad es todo lo contrario. Aprender es, entre otros pasos, errar; enamorarse y caer; jugar y perder. Pecamos de impaciencia, de un perfeccionismo que a nada conduce, llenando la mochila con errores que, pasados los años, no nos parecen tal. Eran los pasos más firmes hacia el trampolín.

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Puro e incontrolable, el tiempo dejó aquella época atrás. Hoy soy otro por ella, ni mejor ni peor, aunque a veces reconozco que estoy en aquella mesa, con el papel en blanco por delante y la tinta sigue saliendo a tímidos golpes de teclado más por orgullo e intuición que por meticulosa formación. ¿Y ella? A ella la sigo viendo, queriendo y, sobre todo, leyendo con el cariño con el que sólo se puede querer a quien estuvo ahí cuando todo eran dudas y caminos sin salida.

Fue la primera y eso no cambia. Y lo que yo sentí ahora lo sienten otros que ya saben que ir de su mano exige valor, remunera amistad. Es por la que se brinda en cenas no siempre celebradas, la que enseña mucho más que sólo el oficio, la del torpe don de ser sinceros,… Es GranadaCFWeb y el fútbol siempre fue una excusa.

Por diez años más de una no siempre entendida eterna madurez: ser la primera de muchos otros.