Imagen de archivo del Athletic Club

Un sueño puede convertirse en una pesadilla en menos de un segundo, la sensación de miedo, de caerse al vacío o de no poder escapar de alguien o de algo, es un claro reflejo del camino que ha ido transitando el fútbol femenino en los últimos meses.

La huelga convocada por la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE) es el resultado de la gota que colmó el vaso tras un año de bloqueo ante los intentos de negociaciones frustradas con la Asociación de Clubes de Fútbol Femenino (ACFF). En estas conversaciones se reclaman algunas peticiones que tienen el objetivo de establecer unos derechos laborales mínimos para las jugadoras de Primera División. Solicitudes que han sido rechazadas en numerosas ocasiones mediante argumentos insustanciales.

La imagen de la Selección Española Femenina de Fútbol ocupando las portadas de los medios, es una muestra del llamado auge del fútbol femenino, que crece poco a poco en busca de la visibilidad e igualdad que merecen. Pero esa concepción idealizada, muestra una mínima y fugaz parte de la realidad que afrontan estas futbolistas en su día a día.

Ana Romero, jugadora del Betis, afirmaba en una entrevista para COPE que: «Algunas deportistas cobran 300 euros al mes». Sería inconcebible pensar que se puede vivir cobrando esta cantidad, lo que hace que muchas futbolistas tengan que compaginar su profesión con otro trabajo.

En este punto, las deportistas demandan una subida del sueldo mínimo, llegando a los 12.000 euros anuales, para contratos de media jornada, y a los 16.000 euros anuales, para contratos de jornada completa (actualmente, la ACFF asegura que ronda los 8.000 euros al año establecidos).

Rubén Alcaine, presidente de la ACFF, “argumentaba” esta petición subiéndose al carro del “no generan esos ingresos”. Algo que es más que cuestionable teniendo en cuenta el récord de asistencia en el Wanda Metropolitano para ver al Atleti – Barça o los 1.655.000 espectadores que vieron la final de la Copa de la Reina frente a sus televisores.

El bloqueo de los derechos televisivos, que afecta a la mayoría de los clubes de Primera División, es un dardo ardiendo directo al corazón del fútbol femenino, que impide crear adeptos y generar ingresos para las profesionales.

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Sin embargo, a Alcaine no le tiembla el pulso al decir, en una entrevista para Sport que: “Nosotros somos los primeros que hemos tirado del carro. Nos gustaría que no fueran las propias futbolistas las que reventasen esto”. Irónico, ¿verdad? Toda una vida tirando sola del carro para que luego el mérito se lo lleven otros y, además, seas un obstáculo.

No solo se trata de salario, además abarcan asuntos relacionados con la incapacidad laboral, la maternidad o la creación de un protocolo de abusos sexuales, así como la creación de un convenio laboral que ampare a las futbolistas y que supondría la solución que acabaría con todas estas injusticias que, evidentemente, no ocurren en el fútbol masculino.

Tal vez lo vean tan fácil porque quienes tienen el mando nunca han tenido que mostrar que son válidos en su trabajo, romper estereotipos, luchar contra el patriarcado o exigir visibilidad e igualdad. Tal vez el problema pasa porque la empatía es un regalo que pocos reciben y porque la presencia femenina en posiciones de poder sigue siendo mínima en asuntos que afectan a todas las mujeres.

Por todo esto, las jugadoras de Primera División han decidido interrumpir su jornada liguera, para tomar la voz que otros intentan apagar, exigir unos derechos laborales dignos y defender su profesión como han hecho siempre, ellas, solas.