El Granada pone fin al 2019 con una derrota en Ipurua en un partido que nunca se acercó a controlar. Los rojiblancos cierran el año con veinticuatro puntos, diez por encima del descenso de manera provisional

Decía Raffaella Carrà que para hacer bien el amor había que ir al sur. De amor y sucedáneos no sabemos mucho por aquí, pero lo que sí se puede confirmar viendo los últimos partidos del Granada es que en cuestión de fútbol, la España septentrional se le atraganta a los andaluces como pareció atragantársele a la cantante italiana en sus amoríos.

Tras sufrir en Hospitalet hace escasos tres días, el conjunto rojiblanco viajó hasta Eibar con «toda la ilusión del mundo» por despedir un maravilloso año con una victoria, tal y como afirmó Diego Martínez en la rueda de prensa previa. Pese a ello, esta vez el espacio de la ilusión en la mochila nazarí lo ocuparon el cansancio, las lesiones y las ganas de irse de vacaciones – siempre en su justa medida -.

El guión del partido empezó a sonar familiar a algún granadinista en el minuto diez cuando Carlos Fernández no acertó a embocar a gol una buena jugada entre Víctor Díaz y Soldado. Alertados por eso y por el color blanco de la camiseta como en Bilbao, en el seno del club del Zaidín empezaba a hacerse evidente que algo no estaba yendo demasiado bien. Puede que, quizás confundidos, enredados en un dejà vu, los de Diego Martínez bajaron un cambio al cuarto de hora, y a los veinte minutos Escalante aprovechó el tremendo despiste de Gonalons para colgar un centro que Sergi Enrich remató sin nadie que quisiera pararle los pies.

«¡Ah, filho da p*ta, agora sim entendo!», parecían exclamar con su rostro Rui Silva y Duarte, los portugueses de la plantilla, que también quisieron unirse al nuevo viral de Twitter, cayendo en la cuenta de lo parecido de este encuentro con el que hace poco se disputó en el Nuevo San Mamés.

Comidos por la resaca copera del martes, los rojiblancos, hoy despojados provisionalmente de sus líneas horizontales, no pudieron sino mirar atónitos ante el vendaval ofensivo de un Eibar que demostró fuerza y poderío en todos los sentidos. También ganas, que se hicieron presentes cinco minutos después del primer mazazo para el Granada en una acción que Pedro León ganó por fe ante Neva. El balón le cayó a Kike García que fusiló a Rui Silva. Otro gol de otro García, como en la tierra del Guggenheim.

El aguacero continuó sobre Ipurua y sobre los granadinos, a quienes el paraguas parecía no funcionarles. Sólo con las varillas y apenas un pequeño trozo de tela en su sombrilla, los nazaríes pudieron respirar en el descanso, esperanzados en exhibir la mejoría típica de los inicios de segundas partes.

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Parecía que sí… Pero no

El descanso trajo un poco de calma. Diez minutos después de la reanudación también llegaron los cambios. Machís sustituyó a Neva y Vadillo dejó su lugar a un Adrián Ramos que firmó su última despedida con el equipo.

Siendo totalmente sinceros, en el segundo acto no hubo mucho movimiento, prácticamente nada. Bueno sí, rabia. Rabia en cada balón dividido en el que un jugador del Granada escondía la pierna, casi como pidiendo perdón a su rival por haber osado a disputar semejante acción. Al ver cómo los azulgrana, en un intento por vengar lo del miércoles en el Camp Nou, dejaban a los blancos en un pequeño esbozo de lo que fueron hace tan sólo unas semanas, mermados eso sí por las bajas y el cansacio, todo hay que decirlo.

Empezó a intentarlo el Granada a balón parado sin mucha suerte, encontrándose siempre con el palo, tal y como hizo Darwin Machís en el minuto ochenta y cinco antes de que llegara el momento surrealista de la noche. Se puede estar cansado, pero cuesta más entender que cada vez que se te acerca un rival, el despeje vaya a sus pies, que te adelanten al trote y que un balón filtrado te pase por delante y no hagas más que seguirlo con la mirada.

Ese balón le cayó a Inui, y Rui Silva quiso achicarle hasta que se vio más cerca de una butaca de la preferencia de Ipurua que de su meta. Tanto el nipón como el luso vieron lo mismo al girar la vista: un montón de camisetas blancas a las que les faltaba una caja de palomitas, expectantes ante la jugada. ‘Taka’ lo aprovechó y gritó gol; Rui miró desolado y seguro que quiso gritar otra vez lo de «¡ah, fliho da p*ta, agora sim entendo!», aunque esta vez dejando a mitad la frase.

Veinticuatro puntos, un regalo de cara a las vacaciones. Bien merecidos, bien orgullosos todos.