Hubo un tiempo en que ser de este equipo pesaba a cualquier alma sensible. No había teletexto ni campo de fútbol que alegrase la penitencia de aguantar a los colegas recordándote que jamás verías un partido de élite con tus colores. Ni te planteabas que lo que te decían era cierto, porque tampoco te importaba. Tu única ilusión era ver si el Granada escalaba a esa cuarta posición que quizá, y solo quizá, acercase un ascenso de categoría.

Como almas sensibles, asumimos en nuestra identidad que, si ese momento llegaba, probablemente acabaría mal. Algún gol con el trasero del contrario, algún penalti más estúpido que asegurar que la Giralda es más bonita que la Alhambra o algún que otro tipo deambulando lento por el campo como si le pesase algún maletín. Otra temporada en blanco. Otra temporada penando. Otra temporada aguantando.

Con la facilidad de un niño para ilusionarse cada noche de Reyes, septiembre renovaba esperanzas y creaba falsas certezas. Y hasta que en el minuto 90 y tantos y en el descuento, algún rival marcaba, había quien ya se imaginaba que ese año sí, que ese sería el bueno. No pasaba, mientras tus colegas seguían paseando con orgullo sus colores lejanos. A kilómetros de ellos y a una eternidad de tus sentimientos. A veces pecabas y te identificabas con algún grande, pero solo por el gusto de sentir lo que era ganar.

Porque lo nuestro era disfrutar de las derrotas. Porque también eso es posible degustarlo. Pensando si a la próxima sería y dejando volar la imaginación con futuros exitosos porque ya no cabía más barro bajo los pies. Viviendo con ese punto de romanticismo que es capaz de aguantar la pareja que ya está rota y que ve un hilo de luz en una sonrisa cómplice, nuestro Granada derrotado era nuestro equipo amado.

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Hasta que la suerte cambió tanto y de tantas formas, que la vida de hoy parece la distopía perfecta. Cuando Soldado marcó el enésimo gol de nuestras vidas –es lo que tiene venir desde el infierno-, aún éramos muchos los que esperábamos que la cabezada acabara y que despertásemos en el descanso de un encuentro ante el siempre venerado Díter Zafra, perdiendo con gol en propia. Pero esta vez era real. No era una ensoñación.

El Granada está en semifinales de la Copa del Rey y cómodo en la tabla de Primera división. Me parece irreal estar escribiéndolo, así que me dispongo para consultar los resultados de ambas competiciones. No lo hago desde el móvil, sino mirando el teletexto para poder cerrar el círculo. Este que en el camino se ha dejado a tantos buenos granadinistas que siento que algo deben estar haciendo para que esto sea posible. Aunque no creo en otros mundos, lo irreal, cuando sucede, aligera las certezas y abre los cielos para los que son capaces de verle el rostro a la alegría y no dormir por querer disfrutarla. Larga vida a la eterna lucha. Larga vida a la felicidad.