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Sevilla tras la pandemia sigue teniendo un color especial y fútbol, como dijo Vujadin Boskov, es fútbol; lo sigue siendo gracias a dios y a pesar de todo. Lo es aún sin público, igual que lo es también, cómo no, con múltiples bajas.

Se ha dicho también que el fútbol es la vida, aunque la vuelta del balompié en esta nueva normalidad se está haciendo algo más fácil que retomar las actividades cotidianas de las que disfrutábamos antes del estado de alarma. Anoche al Granada en el Benito Villamarín le tocó experimentar las sensaciones que el ciudadano medio ha vivido desde que, a principios de mayo comenzara el proceso de transición hacia esta novedosa libertad descafeinada a la que nos encaminamos.

Entraron con cautela en la fase cero los pupilos de Diego Martínez, sin prisas y sin necesidad de formar aglomeraciones por aprovechar la excusa de dar un paseo con los chiquillos para ver a los amigos. Mejor esperar resguardados en casa, aprovechando para mirar reposiciones de partidos antiguos en la televisión. Se conoce que anoche era el turno del Real Madrid de Mourinho y los nazaríes, que siempre fueron alumnos modélicos, montaron un contragolpe digno de la mejor versión de aquel equipo del portugués. Definió Carlos Fernández, al que por el movimiento, la definición y el rendimiento goleador se le está poniendo cara de celebrar los goles con un sonoro ‘¡SIUUUU!’.

Ahí se sintieron los rojiblancos en fase uno, con el mismo júbilo con el que nos reencontramos todos con nuestra familia, nuestros amigos, nuestra pareja… La celebración, en la línea de todas y cada una desde la de Ocampos el jueves, recuerda a eso que, de manera certera, apuntó ‘alguien’ cuando dijo en Twitter que «los encuentros furtivos y reuniones harían llorar a Fernando Simón por el escaso respeto a las medidas de distanciamiento social». El gol sigue en la vieja normalidad: mismos protagonistas y mismas celebraciones que antes del parón.

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A otra cosa recordó Tello con sus declaraciones post-partido, concretamente al berrinche de la comunidad de Madrid por no pasar de fase hasta la tercera oportunidad. Serán los celos de ver cómo el rival planea ya su tour por Europa mientras en Heliópolis aún temen por si se tienen que volver a confinar en Segunda división.

Todo lo que siguió al gol, incluido el descanso, fue un buen retrato de la sensación de tantos españoles que, tras la emoción de los reencuentros, le cogió miedo a la nueva normalidad en vista del bullicio y los posibles rebrotes. El chamán, que no tenía grandes soluciones en el banquillo, decidió aguantar lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir, obvio.

Y lo estaba consiguiendo, lo que pasó es que Soto Grado quiso contentar a un fastidiado Marc Bartra que aún seguía ‘mosca’ por su error en el Pizjuán. Lo sorprendente es que aún no hemos visto al catalán poner el grito en el cielo con un penalti que es, como mínimo, igual de absurdo que el suyo. Tranquilos, seguro que esta tarde pone algo en redes, no quepa ni la menor duda. Lo transformó Canales y poco después Tello culminó la remontada con un gol que no supo bien si celebrar o no, ya que entró tras un disparo y no tras un pase. «No tenemos ni puta idea», debió pensar mientras se le acercaban los compañeros.

El jarro de agua helada no achantó al Granada que nos representó un poco ante la desesperación por no poder completar todas las fases. Sin embargo ahí apareció Roberto Soldado para poner al ejército de Diego en la nueva normalidad y traer la alegría; una alegría agridulce. Porque está bien terminar las etapas, llevarse un punto, pero al final, lo que todos queremos es nuestra vieja normalidad, traernos los tres puntos.