Victoria de honor y lucha del Granada ante una Real Sociedad que apabulló y logró empatar el 0-2 inicial

Siempre ha tenido el Granada predilección por Anoeta – a pesar del último trauma en 2017 -. En el día de hoy los rojiblancos llegaron al rebautizado Reale Arena con la clara consigna de llevarse tres puntos que los metieran más si cabe en la pelea por entrar en Europa League. Cruzaron la puerta del estadio entre el «ha ganado el Valencia, queda la Real y nosotros…» de un Ander Capa que a estas horas mira hacia arriba para poder encontrar a los de Diego en la clasificación, y el «la Real se juega Europa ante el Granada» de los comentaristas del choque.

En lo puramente futbolístico, Martínez Munuera consideró a eso de las siete y media de la tarde que ya la espera ya había sido suficiente y dio comienzo a la contienda. La Real Sociedad empezó muy enchufada y en los primeros dos minutos ya exhibió su músculo merodeando con peligro los dominios de Rui Silva en un par de ocasiones. Se presentó ante el Granada Ander Barrenetxea, que se libró por un año de una selectividad más dura que el entrenamiento de cualquier Navy SEAL americano, pero que si se hubiera quedado estudiando, Víctor Díaz no hubiera puesto ninguna pega.

Al llegar al primer cuarto de hora la impresión era más de gol local que visitante, sin embargo, el de Diego Martínez es un equipo mimético que es capaz de generar peligro en cualquier situación. De esa forma fue cómo cinco minutos después, los rojiblancos elaboraron una jugada combinativa de paciencia y quilates en la que Domingos Duarte ejerció de jefe absoluto del terreno de juego para colgar un balón medido a la cabeza de Antonio Puertas, que la puso en la escuadra. Y el portugués se fue a celebrarlo con sus compañeros como si su acción no tuviera mérito alguno; como si no fuera digna de los mejores centrales del momento. Esa instantánea, si no se percataron de ella, pueden encontrarla en el Diccionario de la Real Academia Española, debajo de la palabra «equipo».

Siguió trabajando el Granada para que Barrenetxea no pudiera armar ningún follón en la banda derecha, pero el chaval, tocado por una varita, seguía poniendo en peligro la meta de Rui Silva constantemente. En vista de que en ese área era difícil contener a los txuriurdin, Roberto Soldado pensó que si el cuadro nazarí iba a recibir oleadas de ocasiones, su rival en el día de hoy, también. Además tuvo la brillante idea de convertir su ocasión en el segundo con mucho suspense y bastante polémica también por un fuera de juego en el que Martínez Munuera decidió que Llorente había querido jugar voluntariamente el balón. Subió el 0-2 al marcador y el equipo arbitral se fue entre protestas.

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Siempre hasta el final

Puso toda la carne en el asador Imanol Alguacil para remontar el partido. En el primer córner del que disfrutó la escuadra local, Mikel Merino aprovechó el rechace en la espalda de Neva para poner el 1-2 y dar alas a su equipo, hoy comandado por el mismo de todo el partido: el bueno de Ander, que parecía contratado por todos esos que llevan semanas obviando o queriendo matar a unos guerreros que ya hoy son inmortales o, al menos, son leyenda.

En un escenario muy favorable para los de casa y muy negro para los visitantes, entraron Azeez y Machís por los rojiblancos y Nais Djouhara por los blanquiazules. Este último fue una réplica de su compañero Barrenetxea pero en el otro costado, y tanto fue el cántaro a la fuente, que tras centro del francés, Oyarzabal lo reventó en la escuadra subiendo así el empate al luminoso con poco menos de diez minutos más el descuento por jugar.

El Granada (hablando estrictamente en referencia al sueño europeo) estaba en la lona. El gol, a tenor de lo comprobado en retransmisiones anteriores, cualquiera podría pensar que lo celebró más la entrenadora de la sección femenina realista que el propio Alguacil. Lo que todos esos detractores no imaginarían es que Domingos todavía tenía que rubricar su obra ‘Duarte’. Y vaya si lo hizo.

Cuando el partido llegaba a su fin, Machís recogió un rebote, se escoró y preparó un centro teledirigido a la cabeza del de Cascais, que le cascó bien el tercero a Moyá. Después se subió la tablilla con los seis minutos, que luego fueron diez, adicionales, y el equipo de Diego Martínez, extenuado, llevado al límite, aguantó, aunque pareciera que lo movían con hilos, como en ‘Este muerto está muy vivo’. Porque sí, señores y señoras, este Granada está más vivo que nunca.