Foto: Pepe Villoslada/GCF

(…) Parece que, en su infinita bondad, Dios no parece muy por la labor de que Diego Martínez (valga la redundancia) consiga coronarse del todo en su debut en Primera

Qué difícil entender el juego este de meter la pelotita entre los tres palos. Hay quien dice que este es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania, otros que afirman, acertadamente, que es tan sencillo como pasar la bola por la línea de debajo del larguero más veces que el rival, y luego estamos quienes creemos que engancharte a esto es sencillamente la peor y a la vez la mejor decisión que puede tomar una persona en su vida. Lo que viene siendo una putada, vaya.

A la entrada de esta especie de secta debería haber un cartel en el que se pudiera leer algo así como: «Avisamos a los futuros miembros que aquí pasarán los mejores y los peores ratos de su vida. En ocasiones es posible que todo esto suceda en la misma hora y media. La empresa no se hace cargo de cualquier vaivén emocional no deseado. Gracias y disculpen las molestias».

Antes de seguir, aclarar que no quisiera parecer desagradecido con Diego y los chicos, que lo están bordando. Pocas veces habrá sentido el aficionado nazarí esas ganas de que empiece el partido que enfrenta a los suyos con un equipo de Champions. La sensación de abrir las ventanas, dejar que entre el poco fresco de la calle y acomodarse en el sofá para ver cómo, con la contienda recién empezada, Soldado ya es capaz de habilitar a Machís generando la primera ocasión. Ahí está la felicidad; en ese deja-vu de hace justo cinco meses, cuando un Granada apabullante enfrentó con fiereza al murciélago ‘ché’ y lo arrolló. Aquel día la lírica usando el símil que todos nos imaginamos pedía a gritos ser plasmada en la pantalla, hoy después de todo lo ocurrido, sería de mal gusto hacerlo.

La poesía la volvieron a poner sobre el verde nuestros guerreros, que no dejaban avanzar a los valencianos que, desesperados como el pobre Wass, lanzaban balones sobre los dominios de Rui Silva. El Gato, que llevaba unos días sin disfrutar debajo de los palos, decidió que no era momento para tonterías y claro, era imposible acercarse a la meta.

En el otro área, Carlos Fernández seguía a la suya amenazando a Cillessen, que después de un año siendo el blanco de las críticas de Mestalla por sus actuaciones, se volvió a acordar de cómo atajar balones. Cuántos cabezazos no se dará Carlitos pensando en el que le sacó el holandés de la escuadra.

El fútbol es muy cambiante, pero siempre espera al momento preciso para hacerlo. Por eso a la vuelta de los vestuarios todo siguió igual, incluso con los rojiblancos más dominantes. El guión era parecido al de la Copa cuando Carlos «el omnipresente» Fernández decidió que Leo Messi no es tan inimitable, cogió el balón en la medular y cruzó el balón cincuenta metros a ras de suelo ante la mirada atónita de un póker de rivales que Machís no pudo aprovechar. Cuentan que al ver esto se escuchó un «anda, quita que tú no sabes», y el sevillano se puso manos a la obra para provocar y anotar el penalti que pondría el primero en el marcador. El mal menor para Voro debió ser que todo esto ocurriera en el sesenta y no al final. Ya no por el tiempo, sino porque después de lo de Djukic hace veintiseis años y lo de Soldado en febrero, otro trauma de última hora desde los once metros sería hasta descorazonador. Y empezó el cambio.

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Imagina marcar un gol y a los diez minutos verte ya por debajo del marcador, después del partidazo que se estaban marcando los muchachos. ¿Entienden ahora lo del amor, el odio y los vaivenes? ‘That’s football, my friend’. El segundo, por cierto, un latigazo de Guedes espectacular a la escuadra. El bueno de Gonçalo, otro que aprovechó la visita a Los Cármenes para espabilar. El panorama era tal que Diakhaby se levantó y le dijo a su entrenador que lo metiera ya, que visto lo visto si salía mojaba y lo hacía en la portería contraria.

A estas alturas, alguien que no conozca a este equipo pensaría que estaba todo decidido, pero el esfuerzo, la garra y el poder de Diego «el irremontable» nunca fallan. Cierto es que con Herr Federico sobre el tapete la magia es más susceptible de ocurrir. El califa es un mago de los buenos, y se dedicó a recrear uno de los momentos más icónicos del último siglo en el fútbol español.

Fíjense si es contradictorio esto del fútbol que perdió la oportunidad de convertir ese momento en poesía permitiendo que sucediera en el partido anterior, pero fue agradecido de atender la necesidad en el presente compromiso. Poesía porque piensen si hubiese sido en Mendizorroza donde la rojiblanca se hubiera tornado en la azul oscura con la franja amarilla que emula a la local de Boca, el catorce en la espalda de Vico se hubiera convertido en el nueve de Javi Moreno y enfrente en vez de Cillessen hubiese estado Westerveld, observando incrédulo cómo el balón entra en la portería gracias a un fallo en el golpeo de la falta. Más de uno en Álava se tira de los pelos. Pero, por suerte, fue aquí, y ayudó a subir el empate.

Y ahora viene la disyuntiva, si sentimos cierta rabia o alegría por el empate. Por una parte, no es justo pedir más a este ejército de guerreros comandados por el más fiero de los Soldados y con el poder sobrenatural de su Chamán, por otra, es más injusto aún que no se vayan a llevar mayor premio que el reconocimiento y el cariño de todo el mundo. Parece que, en su infinita bondad, Dios no parece muy por la labor de que Diego Martínez (valga la redundancia) consiga coronarse del todo en su debut en Primera.

Cuánto odiamos a la injusta pelotita a veces y qué suerte tiene de que ni por esas nos deje este Granada odiarla. Qué bonito es enfadarse a veces.