Atrás quedan ya episodios como el de Joaquín Caparrós destrozando las páginas de un periódico cuya portada rezaba la frase «sólo pido que el Madrid no nos pase por encima», atribuida al preparador sevillano. El técnico pilló un mosqueo de aúpa aunque, curiosidades del destino, en aquel partido los merengues endosaron cuatro goles a su equipo.

Meses más tarde, el marcador del Bernabéu lucía con un nueve al lado del escudo madridista y un uno ilustrando el gol de Robert Ibáñez, que ni maquillar el resultado pudo. Cinco años y una pandemia mundial después, las cosas han cambiado.

Granada es un lugar de anécdotas para el cuadro de Chamartín. A los pies de la Alhambra anotó Cristiano Ronaldo su único gol en propia meta, y también ellos fueron quienes estrenaron el escenario en el que se desarrolló la acción esta noche. En la ciudad donde todo es posible, Ferland Mendy se animó a demostrar que también es capaz de sorprender como goleador. Su cara tras el trallazo era digna de cualquier chaval observando atónito un truco de magia. Hablando de magia, parece que Isco aún guardaba algo de ella en sus botas y así lo demostró con un taconazo excelso antes de que Benzema echara a volar su imaginación en busca de la manera más rápida de enviar a los nazaríes a la lona.

Bajo un calor de justicia se desató la tormenta madridista, que amenazaba con destrozar la esperanza rojiblanca de disfrutar su experiencia ‘on tour’ por el continente. Nadie reparó, sin embargo, en que la luz traduce la lluvia en arcoiris y a falta de sol en la noche granadina, se encendió la estrella que tiene este equipo de Diego Martínez, dando colorido al cielo y a las ilusiones de toda una ciudad.

Reza el himno del Granada que «hay que luchar para ganar, con fuerza y con valor», y de eso estos muchachos han ido sobrados siempre. Fue el valor de Carlos Fernández el que inició la reacción y la dupla venezolana la confirmó antes de que las lesiones volvieran a aparecer en el peor momento, pero a esta escuadra no hay quien la tumbe. Un centenario Antonio le abrió las Puertas de un partido seis meses después al Ángel granadinista y todo cambió.

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Volvió la frescura a la medular nazarí y el ejército de Zinedine Zidane tuvo por primera vez después del confinamiento la sensación de no controlar lo que estaba ocurriendo sobre el verde. Cuando de pronto Rui Silva dejó de aparecer en pantalla, las sonrisas esperanzadoras volvieron a las caras de los aficionados locales y el espíritu de días nefastos como las pesadillas de Tenerife hace dos décadas y media entraron en las mentes de los visitantes.

El asunto cada vez tomaba tintes más heroicos, y cuando al avión de Tucupita se le rompió uno de los motores, en su lugar tuvo que entrar Ismail Koybasi, quien tiene todas las papeletas de ser el elegido del destino para hacer historia. Fue el turco quien cargó la última bala y entregó el arma a Azeez, que se topó con un Sergio Ramos que no dudó en poner el pecho para recibirla y mantener con vida a su equipo en un acto totalmente heroico.

Sin más munición, el Granada lo intentó por todos los medios, desgastándose hasta el final, dejándolo todo en una travesía interminable hacia una orilla que no tuvo un final feliz. De todas formas, las páginas negras de hace un lustro, las hojas destrozadas del diario de Caparrós, se arreglaron anoche. Ahora es momento de seguir escribiendo la historia con el honor que cada día derrochan en el campo estos héroes.