Una de mis muelas no me dejaba vivir y lo que es peor, me impedía estar donde quería estar y mucho menos atento a lo que pasaba en televisión. Tan solo era un adolescente que había visto demasiadas veces un fracaso en la calle Pintor Manuel Maldonado. Pero aquel día era diferente. Aunque me retorcía de dolor y apenas me atrevía a mirar la pantalla, excusado por las molestias bucales, realmente creía que, si no miraba, nada malo sucedería. No me había pasado hasta entonces, pero no me ha dejado de ocurrir nunca.

Yo, que solo había podido celebrar una asamblea de socios hasta entonces, porque en lo deportivo no había nada que echarse a la boca, tenía claro que aquello ya era demasiado. Los fantasmas de mi niñez parecían estar de acuerdo y se arremolinaban en mi cabeza recordándome a Aguilar marcándole a Notario y a Juanjo rematando como Mario Bros contra su portería. Así era imposible disfrutar. Hasta que, en uno de mis arrebatos de dolor, el sufrimiento se paró de golpe. Josemi y Ramón acababan de firmar el gol más bonito y espectacular que había visto.

De pronto y como si un exorcista hubiese aparecido en mi habitación, los espíritus negacionistas se marcharon. Ahora todo parecía posible. Tanto fue así, que el Granada acabó marcando un gol de vaselina y diciéndole al Guadalajara que no, que esta vez no, que el ascenso no se iba a escapar. Aquel equipo, que me parecía el Real Madrid de los Galácticos, había logrado lo imposible, el reto impensable: volver a la categoría de la que siempre quisimos huir.

No olvido a la mayor parte de la plantilla, pero los años han hecho estragos y cuesta recordarla. Pero como ese jugador extraño de la Guía Marca que recuerdas dos décadas después y que ni siquiera llegó a debutar en su equipo, yo no olvido a Milla. Un lateral izquierdo resultón y de categoría semiprofesional, que para mí no tenía nada que envidiar al mismísimo Roberto Carlos. El amor a unos colores produce estos efectos alucinatorios.

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Con la misma obsesión que entonces, he vuelto a revivir aquel partido. Buscando por la banda a Milla y cayendo en la cuenta de que el trayecto se ha caminado en esa unidad de medida y no en metros: desde 2006 se ha transitado ‘Milla a Milla’. Y como el tiempo me ha dado la experiencia suficiente para saber que el Milla de hoy, el que se llama Luis y al que comparan con Redondo en Tenerife (uno ya no sabe si esto también es una alucinación por amor), se me quedará grabado en la mente y que no le podré olvidar dentro de veinte años, si es que la vida no me ha olvidado antes a mí.

Esta vez no me duele ninguna muela, pero tampoco puedo estar donde querría estar. Miraré de soslayo la pantalla, esperando a que alguien meta el gol más bonito y espectacular que haya visto nunca, aunque ciertamente resulte ser una carambola. Pero aguantaré lejos de Suecia a los fantasmas, consciente de que estos solo disfrutan de las desgracias ajenas. Por las millas recorridas, Europa está siendo el siguiente e impensable escalón. Alcanzarlo ya es un éxito, superarlo será una bendición. Y suceda lo que suceda, dentro de unos años, este partido no dejaremos de recordarlo.