Hay partidos que se te quedan grabados en la memoria. No por memorables y ni mucho menos por bonitos, sino porque se empeñan en grabarse como una recopilación de imágenes que se suceden siempre en el mismo orden y con el mismo aroma. Recuerdas hasta el resultado y te sorprendes volviendo a ellos sin saber muy bien por qué. Yo no olvido el partido que jugó el Granada ante el Nástic hace ya más de dos años.

Era Segunda división. El club venía de descender con todo el merecimiento desde Primera y en la grada de Los Cármenes la ilusión por regresar a la élite se esfumaba como un azucarillo a primera hora en una taza de café. Por entonces –ya era marzo-, gran parte de la afición tenía claro que esta vez no, que no se iba a ascender y que lo que quedaba era engancharse a algún giro loco de los acontecimientos. Hasta el clima parecía notar la desgana local y aquella tarde en Los Cármenes todo fue gris.

El juego del equipo no fue pésimo, pero fue soporífero en ocasiones. Las ganas que había semanas antes, parecían haberse ido con el buen tiempo. Porque aquella tarde llovía a mares. No era tampoco el día perfecto para estar en la grada presenciando el encuentro. Así que me bajé a una de las esquinas del fondo norte de Los Cármenes y bajo el techo improvisado de la grada superior, me quedé impasible viendo cómo el Granada no era capaz de remontar aquel gol del Nástic en la primera parte. Al momento solo le faltaba que sonase una canción de Álex Ubago por megafonía para que la historia fuese aún más triste.

Pero allí, bajo aquel falso tejado, pensé por primera vez y, no he dejado de hacerlo de forma recurrente hasta hoy, en Irene y Paco. De pie y mirando sin ver nada, me propuse que a ambos les hablaría desde mis entrañas cuando las cosas fuesen bien. No soy creyente, no les puedo engañar, pero algo me acerca a ellos cuando el Granada no deja de ganar y hacer lo que parecía increíble. En aquella tarde contra el Nástic, Irene se nos había ido hacía pocos días. Paco no había llegado a ver a aquel nuevo Granada de Segunda y, sin embargo, los sentía muy cerca.

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Tenía rabia al pensar que estarían enfadados porque el equipo no dejase de fracasar y me prometí de forma extraña, que no dejaría de animar al Granada, aunque viniesen mal dadas. Lo que vino después todo el mundo lo sabe y nadie lo olvidará. Aquel equipo se rehízo al año siguiente y regresó a Primera magistralmente. La temporada pasada superó cualquier sueño colectivo y se metió en Europa y ahora, escribo estas palabras tras ver cómo mi club le gana a un grande europeo como el PSV.

Y no puedo parar de acordarme de aquel día frente al Nástic. De mi pensamiento recurrente sobre Paco e Irene. De dos chavales con toda la vida por delante a los que el destino nos quitó del camino. Los logros de este equipo son tan suyos, que a veces me sorprendo creyendo que ellos han tenido algo que ver. El fútbol es algo más que un simple entretenimiento y guardar en el corazón a quienes ya no están para acordarte de lo felices que se sentirán, no se puede explicar.

Por eso, este texto también surge de la necesidad. De la necesidad de honrar su memoria y la de pedir que por Paco y por Irene, este Granada ha de seguir volando alto hasta que ellos puedan llegar a tocarlo. Por ellos y por todos los que ya no están que, en cada gol nazarí, la suerte de recordarlos nos vuelva a sonreír.