Diego Martínez llora tras clasificarse para la UEFA Europa League. Foto: LaLiga

El técnico vigués no continuará al frente del conjunto rojiblanco tras tres años repletos de hitos históricos

El día de ayer parecía augurar algo cuando la tromba de agua hizo acto de presencia en una tarde marcada para los granadinos. No, no era la tormenta política levantada por Sebastián Pérez tras una rueda de prensa que puso en jaque a Luis Salvador. El verdadero protagonista de esta triste tarde fue Diego Martínez.

Algo murió en el alma de los aficionados del conjunto granadinista cuando el club anunció a través de redes sociales que el Brujo de Vigo había comunicado la drástica decisión de poner fin a una etapa repleta de éxitos y sorpresas al frente de la banca del Granada CF. Una noticia que impactó directamente al corazón de la parroquia nazarí, quien tan dolida como si de un descenso se tratase, ahogaba sus penas en un tuit.

La despedida de Diego duele. Mucho. El destino ha sido tan caprichoso e injusto que ni siquiera el técnico podrá escuchar una atronadora ovación de los suyos -al menos como entrenador del Granada-. Pero al gallego no le gustaría ver a los granadinistas heridos, aunque sea inevitable en unos días. La mentalidad positiva inculcada en los valores de Diego Martínez no permite eso.

Llevemos el ejemplo del brujo como filosofía de vida. Ese “pasito a pasito”, «ser camaleónicos», “capacidad de adaptación” o  “resaca emocional cero”, puede marcarnos en nuestro día a día, y así de paso no perder la perspectiva de lo que debe ser el Granada CF los próximos años independientemente de quien su sitio en el banquillo.

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Lo que es seguro es que el escudo y la afición siguen ahí, donde siempre han estado. Ese es el valor seguro de este club a quien muchos dan por «huérfano» tras la marcha de Diego Martínez. El Granada solo quedará huérfano cuando pierda su emolumento, su gente.

Quizá el bueno de Diego nos dio mucho más de lo que pedíamos, pero si hay algo que un servidor tiene claro es que nuestros caminos se volverán a cruzar alguna vez. Ahí ya habremos valorado lo conseguido por este equipo. Porque Diego se va, pero algún día retornará a casa; a sus charlas en la UGR en la que un día fue estudiante; a su segunda tierra con su mujer e hija granadinas -que seguro que la suegra andará ya con la mosca detrás de la oreja-; a su banquillo; a su club; y lo más importante: con la afición arropando en el estadio. Porque Diego Martínez y Granada; Granada y Diego Martínez serán amigos para siempre.

Gracias eternas, Brujo de Vigo.