Luis Suárez celebrando su gol mientras recibe el cariño de Escudero. Foto: Pepe Villoslada / GCF

El colombiano volvió a ver puerta, con un gol que puede valer una salvación tras tres meses de sequía.

Es algo bien sabido en el mundo del fútbol que los delanteros viven del gol. Un atacante puede trabajar mucho, presionar, crear juego e intentarlo, pero si no perfora la red, nada de esto tendrá valor. Este es el caso de Luis Javier Suárez, la indiscutible referencia ofensiva del Granada esta temporada, que ha jugado todos los partidos de liga con casi pleno de titularidades.

Desde la llegada de Robert Moreno, allá por verano, contó con toda su confianza. Titular desde el primer partido ante el Villarreal. Su mejor momento llegó cuando el equipo pasó a jugar con un 4-4-2. Ya no se encontraba solo en la delantera, ahora la compartía con el «maestro» Molina, una dupla fantástica en la que ambos se complementaban muy bien y elevaron su nivel. Sin embargo, cuando el de Alcoy comenzó a bajar su nivel con respecto a los partidos de diciembre – marcó cinco goles en cuatro partidos – así lo hizo también Suárez. Empeoró cuando Molina desapareció del once inicial y Luis consiguió su último gol ante el Getafe, el 20 de enero. Desde este momento, el atacante ha vivido un auténtico calvario, en el que ha sufrido mucha ansiedad por volver a meter un gol.

No ha sido algo individual, el ex del Zaragoza siente la responsabilidad goleadora de un equipo que ha pasado una racha demasiado negativa, sin apenas goles. No le han faltado oportunidades durante este período, y esto es algo que ha empeorado la situación porque ha fallado ocasiones claras que han dejado ver su nerviosismo por tantos errores. Al igual que han faltado los goles, en ningún momento se le ha podido reprochar falta de actitud, de intensidad o de deseo, partido tras partido ha sido uno de los rojiblancos que más ha luchado. No obstante, esto le ha protegido durante una cantidad de partidos, pero cuando su sequía goleadora se ha alargado tanto, se le han acabado los cartuchos y ha comenzado a ser cuestionado por la afición. No es algo extraño, ser el fichaje más caro en la historia del club – 15 millones de euros si adquiere el 100% de sus derechos – y ser el delantero titular pesa mucho. Tampoco lo pasa por alto la afición, que tiene muy en cuenta estas cifras desorbitadas para un equipo como el Granada, más aún cuando su club se encuentra coqueteando con el descenso.

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Todo cambió el pasado sábado, en Mendizorroza. Torrecilla le dio el famoso «banquillazo». Suárez no estaba acertado y el extremeño vio que podía aportar más saliendo en la segunda parte. Así fue, faltando media hora para acabar el partido, el técnico le dio entrada y el cafetero acercó al Granada a la portería de Pacheco. Parece que le vino bien salir desde el banquillo, y es que tan solo un par de minutos después marcó gol, con la mala fortuna de que se encontraba en posición de fuera de juego. Volvió a gozar de oportunidades y, a falta de 10 minutos para el final, tuvo en sus botas el gol de la victoria, solo ante el portero, pero volvió a errar, siquiera entre los tres palos. Se derrumbó, no podía creer lo que le estaba pasando. Cinco minutos después dispuso de otra ocasión, clarísima, gracias a su «pana» Machís que se la puso tan solo para que la empujase, y no falló esta vez Luis. Héroe de nuevo, se emocionó y celebró con rabia su tanto, en todo momento acompañado por la plantilla.

Toda una liberación que llega en el momento más adecuado y necesario. Consigue su séptimo gol de la temporada en la parte final del campeonato liguero, donde todo se decide en estas últimas nueve jornadas. Será fundamental para la salvación si sigue viendo puerta. En definitiva, las críticas a Luis no son en vano. Se espera más de él sabiendo de sus cualidades. Si consigue tener algo más de temple cuando enfila la portería rival, será un delantero diferencial y que hará valer ese alto precio que supuso.