He aprendido que el valor de los momentos no reside en el ahora, sino en el ayer. Si no, ¿por qué al acabar el partido ante el Espanyol me quedé sentado en Los Cármenes incapaz de sentir enfado, pero sí pena? Porque el valor de aquel momento no estaba en ese preciso instante. Ni en el tercero de los silbidos del árbitro que certificaban el descenso. El valor de lo que estaba pasando por mi mente, por la de la mayoría, estaba a 400 kilómetros de allí, en Albacete, donde tres años antes el reloj se había vuelto a detener para vivir la euforia de un ascenso que aquel día quedó casi hecho.

Por eso, ahora que me zafo como puedo para no leer ni siquiera a mi propio medio con tal de no recrearme en el hecho de que el Granada no estará la próxima temporada en Primera división, siento que he aprendido a entender mejor las emociones del fútbol. Mientras veía a los aficionados del Cádiz y del Mallorca celebrar una permanencia que parecía nuestra, asumía que esta vez eran otros los que tenían que disfrutar, como ya habíamos vivido antes. Como cuando estando en 2ªB mirábamos con envidia a quienes aquel año descendían de Primera porque ellos no sabían lo que era en realidad estar en el infierno. “Ojalá nosotros en Segunda”, pensábamos.

Y ahí estamos de nuevo, en la Segunda división de España. En una categoría en la que uno no encuentra consuelo cuando viene de tocar el cielo y en la que los que han estado en el barro sienten que están soñando despiertos. Porque como en el pitido final en Los Cármenes, el valor del momento no está en el ahora, sino en el ayer. En abrir la perspectiva y ver de dónde se viene para tener la oportunidad de entender qué está pasando. Es curioso que el Granada haya vuelto a una liga en la que durante más de 20 años quiso estar y que ahora duela tanto. Algo que nos debería hacer ver que de peores hemos salido y que todo es cuestión del foco con el que se miren las cosas.

Por eso, no os quiero ver llorar. No a esta afición que tantos malos ratos ha pasado y que ha sido capaz de sobreponerse en cada momento. Quiero ver ese aliento, ese ánimo y esa fuerza que vi en Los Cármenes el pasado domingo, incluso cuando se consumó el descenso y nadie dudó en corear el nombre de Jorge Molina. Porque el Granada somos nosotros. Los que siempre estarán cuando todo haya pasado. Y volveremos a ilusionarnos cuando este duelo pase. Volveremos a consultar esa app de fútbol como nos buscábamos en el teletexto cuando nos sintamos preparados. Recuperaremos las ganas de volver a Los Cármenes y que este deporte vuelva a ser una fiesta.

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Digo que el valor del momento no reside en el ahora, sino en el ayer, porque este año he aprendido a entender mejor lo que es ser granadinista. Porque he comprendido que bajar de las nubes siempre duele, pero acompañado por quienes no dejan de lado a su equipo invita a cogerse del brazo del compañero para seguir remando. Porque vi muchas lágrimas a mi alrededor y se me encogió el corazón. Porque confío en vosotros y porque confío en el Granada, en este equipo que nos da y nos quita la vida, tengo claro que volveremos. En un año o dos, pero volveremos. Porque este gol solo podemos marcarlo nosotros. Y lo haremos.